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Memorias del Atrato mejor Medio Comunitario

Por la calidad de su trabajo periodístico la revista SEMANA reconoce a memorias del Atrato como ganador de la categoría el premio PENUD,  Amparo Díaz a mejor medio comunitario entregado en Bogotá el 10 de noviembre del 2015.

Esta página tiene unos gestores de memoria en algunas comunidades del área de influencia de COCOMACIA, su administradora es lucely rivas espinoza y dueña de la página la organización COCOMACIA.
 
Uno de los  objetivos por el  cual  se  creó  el Proyecto  de  memorias  del  Atrato  fue para dotar de herramientas y conocimientos técnicos a miembros de los consejos comunitarios del área de influencia de COCOMACIA que se dedican a hacer memoria histórica y a documentar el conflicto armado y sus consecuencias. Esta tarea nace de  la  necesidad  de  dar  voz  y  visibilizar  a  estas  comunidades  que  estuvieron  o están inmersas en el conflicto armado.

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JÓVENES QUE LE CANTAN A LA VIOLENCIA

Nuestro origen como comunidades Negras organizadas se remonta al proceso de resistencia histórica que hemos desarrollado desde que fuimos secuestrados y desarraigados de África, por el cual, el pueblo Negro sigue existiendo y resistiendo a pesar de los atropellos, la marginación, las condiciones adversas que nos ha tocado soportar.

Sobre esa base cultural e histórica se formaron algunos jóvenes legionarios con el propósito de realizar actividades que les permita estar alejados de la guerra que se vive hoy en Quibdo donde a diario los jóvenes son victimas de asesinatos

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No me quiero ir

El 2014 para el departamento del Chocó fue un año de grandes retos tanto para los chocoanos como para el gobierno nacional teniendo en cuenta que el tema relevante era el proceso de paz que tanto anhelamos los Colombianos más aun en zonas como la nuestra que han sido históricamente olvidadas y marginadas por  el Estado, además azotada por el conflicto armado. El tema de la paz por ser tan importante requiere de un proceso participativo más efectivamente hablar de consulta previa, en el entendido que las propuestas y acuerdos deberían ser construidas con los diferentes sectores, las víctimas especialmente las mujeres, pues estas han sido las que han sufrido a gran escala los efectos de la violencia.

Como COCOMACIA apoyamos las iniciativas  o proceso de paz  que el gobierno adelanta con las FARC, sin embargo, les exigimos a éstos vincular  de manera concertada las exigencias de la población que ha sido víctima de sus acciones, las cuales contribuirían a que los Consejos Comunitarios asumieran la etapa del post-conflicto implementando el ejercicio de la gobernabilidad en todas sus esferas sin tener que desplazarse de sus territorios .

Con este propósito COCOMACIA, ha venido haciendo un análisis profundo del proceso de paz en el cual están participando nuestros Consejos Comunitarios haciendo énfasis en temas fundamentales como: paz y seguridad, derechos territoriales de las mujeres. Es de anotar que en los últimos días se han presentado situaciones que generan dudas, controversias y desesperanzas por parte de los diferentes grupos armados. La cual dimos a conocer mediante un comunicado que aquí extractamos en sus aspectos más relevantes: durante los días 18 y 19 de enero de 2014 la población de las cuencas de los ríos Bebará y Bebaramá (Municipio del Medio Atrato) escuchó fuertes detonaciones en sus territorios colectivos. Después se vieron numerosos sobrevuelos de helicópteros y avionetas de día y de noche en los entables mineros y los caseríos. A eso se suman frecuentes amenazas de combates que se podían presentar en nuestra área de influencia.

hoy en día la población siente temor al movilizarse de sus poblados a sus lugares de trabajo para realizar actividades como: la agricultura, pesca, minería y demás, indispensables para la subsistencia por la presencia de los diferentes grupos armados

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VIVIR SABROSO

Escrito por Natalia Quiceno Toro

Vivir sabroso

El 2 de mayo de 2012, durante la conmemoración por los diez años de la masacre de Bojayá, el lema del evento era: “Bojayá, una década camino a la dignidad”. A raíz de esta frase, indagué al respecto entre mis interlocutores. ¿De qué estaba hecha esa dignidad?, ¿Qué era lo que se había perdido? ¿Qué se estaba buscando? En las respuestas surgieron elementos que me llevaron a lo que se iba construyendo, de manera minuciosa y desapercibida, como idea de una vida sabrosa.
En el transcurso del evento se hicieron varias peticiones ante los entes del Gobierno nacional y las instituciones responsables de la intervención realizada tras la masacre (2002) y de la reubicación del poblado de Bellavista (2007). Estas demandas aparecían, en cierta forma, como una estrategia para decirle al Gobierno nacional que su presencia, traducida
en ejércitos y políticas de seguridad, no dialogaba con las nociones propias de bienestar y dignidad a las que se apelaban.
El evento de conmemoración mostró que la dignidad y la posibilidad de vivir sabroso se construyen mediante la labor cotidiana, la fuerza del trabajo colectivo, la lucha y la resistencia de las comunidades, y no necesariamente con un programa específico promovido por el Estado. Esa conmemoración, como se verá en el capítulo final, fue, como lo dice Silvia Rivera (2014), 2 un proceso de “poner contra la pared al Estado y reconocer su ineptitud para dialogar con los otros”. La vida y el territorio, dos banderas de lucha del pueblo afroatrateño, no serán abordadas en este trabajo como un telón de fondo, como unos elementos preexistentes
donde transcurren las experiencias de los afroatrateños. Aparecerán, por el contrario, como elementos en continua fabricación, que corren el riesgo de ser destruidos y, por lo tanto, es necesario embarcarse en su defensa. En este punto, en torno a la defensa, la lucha y la construcción de la vida diaria y el territorio, aparece la imagen de vivir sabroso, modulada por una serie de procedimientos que intentan mantener un balance entre temperatura,
movimiento y distancia. Esta imagen y estos procedimientos son la guía de este trabajo.
Cuando aludo a las prácticas y mecanismos asociados a la creación de una vida sabrosa, no me refiero a un “modelo ideal”: un campo armonioso característico de las comunidades afroatrateñas. Se trata, más bien, de un campo donde el peligro, el riesgo, la tensión y el conflicto están presentes, pero siendo gestionados de manera singular, y no necesariamente a través de la violencia o el exterminio del otro. En ese sentido, en el último capítulo intento mostrar las implicaciones de la “intrusión” de los nuevos actores en
los territorios afroatrateños. Además, procuro exponer cómo esos actores llegan planteando estrategias jerárquicas y autoritarias para lidiar con los conflictos, el peligro y la diferencia.
De alguna forma, este texto se dibuja como una aproximación inicial a las modalidades de ese “vivir sabroso”, muchas de ellas escapan al alcance de este trabajo, y el aporte que aquí realizamos es llamar la atención sobre la potencialidad de este concepto y la necesidad de profundizar sobre él, en universos tan amplios como la música, las relaciones de género, la relación con la naturaleza y las prácticas productivas, entre otros. Asimismo, la
aproximación que este texto realiza a las formas como la guerra irrumpe en las dinámicas locales y moldea las luchas por la vida sabrosa, es apenas una perspectiva y no alcanza a abordar los múltiples conflictos territoriales asociados a la minería, el narcotráfico, el modelo de desarrollo extractivista, el clientelismo y, en general, las transformaciones que estos fenómenos están impulsando en la región y sus pobladores.
La idea de vivir sabroso es potente en muchos sentidos. No es una meta ni una finalidad, sino un proceso, un hacer, un existir día a día. Vivir sabroso es algo que se realiza, pero que se agota, y por tanto, no deja de buscarse. En ese proceso están implicados varios agentes: los santos, los muertos, las plantas, los parientes, el monte y el río. El movimiento 3 aparece como un mediador clave en la posibilidad de establecer el balance requerido por la vida. Procuro, entonces, mostrar el principal dispositivo de esa vida sabrosa: la posibilidad de embarcarse, de poner en movimiento, activar y equilibrar la vida de manera autónoma, sin la militarización de los territorios, sin miedo y sin la imposición de formas de vida que lleven a estar enmontado.
Apelar a la idea de vivir sabroso me ayudó a pensar en cómo los afroatrateños organizan su mundo y su modo de existir. En ese sentido, palabras como creatividad, producción, configuración, hacer y creación se utilizan a menudo en el texto para resaltar las prácticas asociadas a esta manera de ordenar y percibir el mundo. Prácticas que hablan de conocimientos, pues como le decía un señor del Pacífico sur al antropólogo Thomas Price, en su etnografía de 1955, “nuestra inteligencia es la de las plantas”.
Pensar aspectos como la mortuoria, los cantos, las fiestas patronales, el compadrazgo, la relación con los santos y las prácticas terapéuticas —todo dentro de un sistema que articula la construcción de una vida sabrosa—, me permite aislar las lógicas que solo definen estas prácticas desde los trazos diferenciadores de una sociedad, los ejes de identidad social, étnica y de grupo o, simplemente, como algo típico del folclor afrochocoano. Procuro entonces no delimitar las singularidades en categorías cerradas: lo
étnico, el territorio colectivo y la identidad afrocolombiana, entre otros. Al aislar la descripción de este tipo de análisis, pretendo reivindicar estas experiencias como formas singulares de crear la vida y defenderla. La vida sabrosa de los afroatrateños no se traduce en una manera de vivir preexistente. Se trata, por el contrario, de un modo que necesita ser
creado en la activación de fuerzas y relaciones. No hay un trazo ni un momento fundacional ni una huella que definan la cultura. Y en ese sentido, es en los modos de relacionarse donde se crea la diferencia.

Los movimientos indígenas y la antropología latinoamericana se han encargado de mostrar las distintas filosofías sobre el “buen vivir” que existen en los mundos amerindios. En ellas se ponen en juego otros conceptos de política, naturaleza, sociedad y persona (Belaunde 2005, Rivera Cusicanqui 2006, Schavelson 2013, De la Cadena 2008, Escobar
2012). Para comprender estas filosofías, resulta fundamental no homogenizarlas, pues su poder reside precisamente en la singularidad de los conceptos que las componen, y no en ideas universales del bien y del mal. Es así como la idea afroatrateña de vida sabrosa no busca en ningún momento convertirse en una analogía o correlato del buen vivir indígena.
Esa imagen es útil, justamente, porque permite explorar otros horizontes conceptuales que evidencian formas singulares de hacer personas, pueblos y territorios.
En medio de tantas dificultades, horrores vividos y la continuidad de la violencia, los afroatrateños no han perdido la alegría de vivir, la solidaridad, las ganas de viajar, visitar a sus parientes, ir al monte, navegar el río, bailar, beber, celebrar a sus santos y cantarle a sus muertos. Pese a todo, nadie les ha podido quitar su fuerza y su dignidad. Y apelar a ellas es
el camino para no perderlas.
Con su manera de vivir en medio de la guerra, los afroatrateños me enseñaron sobre la compleja red de resistencia, lucha y defensa de la vida que atraviesa su mundo. A partir de entonces, uno de los retos de mi trabajo fue entender que la composición de esa red no se limita a organizaciones, instituciones y personas, sino que abarca una multiplicidad de agentes, prácticas y estrategias. Seguirlas fue, por tanto, un requisito para comprender cómo se defendía la vida, cómo se creaba, cómo se consolidaba y por qué siempre aparecía articulada al territorio.
La enfermedad, el infortunio, la cura y el bienestar aparecen asociados a las dinámicas de movimiento. La constante tarea de equilibrar cuerpos y materialidades asociadas a ello (plantas, secretos, muertos y santos) forma parte de las relaciones que permiten gestionar las fuerzas que protegen y preparan a las personas para la vida y la muerte. Estas relaciones crean una territorialidad propia y alternativa que no se agota en el lenguaje de los derechos a la “propiedad colectiva”. Estas territorialidades, pautadas en el movimiento, son las que configuran comunidades, pueblos y familias, pero también movimientos sociales, formas de resistencia y alternativas para hacer política.
En este trabajo procuro abordar las prácticas cotidianas de los afroatrateños como un arte de crear, producir y ensamblar cuidadosamente los elementos que generan la fuerza que los anima a resistir, propiciar los encuentros y darle una continuidad a la defensa de la vida y el territorio. Stengers señala que al pensar en términos de fuerzas y relaciones, no interesa si estas son buenas o malas. Lo que importa es cómo son ensambladas. Es decir, el modo en que lidiamos con ellas y las modificaciones que producen (Stengers 2008: 43).
Como lo indica Isabelle Stengers, acercase a un conocimiento y a la manera en que este se produce implica lidiar con el medio que lo hace posible. Se trata de una cuestión ecológica que la autora refiere en términos de conexión y encuentro. En definitiva, una ecología de las prácticas (Stengers 2005b: 186, 2008: 48). La perspectiva de esta autora resulta inspiradora, en muchos sentidos. Por una parte, propone un enfoque que se preocupa
por la manera en que operan las prácticas. Por otro, encamina su filosofía hacia nociones de ética y política que escapan por completo a los valores de universalización, deteniéndose, en cambio, en las particularidades del momento y las situaciones en que se configuran ciertos modos de operación.
Herzfeld y su noción de poética social también son referentes importantes para pensar la articulación entre prácticas y agentes, a partir de experiencias y situaciones particulares. Se trata de un concepto que propone articular la preocupación por los valores culturales con
el interés por las relaciones sociales. Para Herzfeld, la poética hace referencia a una especie de principios que guían las interacciones sociales y que no son de ninguna manera estables. En ese sentido, las poéticas sociales pueden ser pensadas como teorías nativas o sistemas conceptuales puestos en operación (Herzfeld 2005: XV). Esta perspectiva apunta a mi interés por pensar las prácticas cotidianas afroatrateñas sin desarticularlas de una
dimensión que podría ser llamada cosmológica o conceptual, si se piensa en las explicaciones y teorías que mis interlocutores han construido sobre sus experiencias.
En la introducción a la Revista Internacional de Ciencias Sociales, en su número 154, Herzfeld propuso pensar la antropología como el estudio comparativo del “sentido común”. Esta propuesta está asociada, justamente, al concepto de poética que nos invita a cuestionar la universalidad de lo que definimos como razonable: “En la medida en que las nociones de
lo razonable se presentan en términos cada vez más universales, podemos sostener, en la actualidad, que la antropología puede servir como un discurso de resistencia decisiva a lahegemonía conceptual y cosmológica de ese sentido común universal” (Herzfeld 1997: s.p.)

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En memoria de José Oscar Córdoba Lizcano

Pierde el Atrato inmenso, en cuya orilla nació, en el pueblo de Buchadó, un valioso hijo: José Oscar Córdoba Lizcano, hijo de Ricael y Resfa, Sacerdote y Misionero Claretiano, de los mismos claretianos que hace más de un siglo llegaron al Chocó y que, como legado centenario y continuación contemporánea de su misión, en mayo de 2006 fundaron en Quibdó una universidad, Uniclaretiana, pensada fundamentalmente para facilitar el acceso a educación superior integral y de calidad a todas aquellas comunidades, hombres y mujeres que han sido sistemática e históricamente excluidos de este derecho. Una universidad de la cual José Oscar era Rector desde hace 5 años.

José Oscar hizo su primera profesión religiosa el 26 de enero de 1991 y su profesión perpetua el 21 de enero de 1996, rituales estos mediante los cuales, quienes optan por la vida religiosa se comprometen públicamente y bajo juramento al cumplimiento de votos de pobreza, obediencia y castidad, que no son más que fidelidad al pueblo y a la causa de la paz y la justicia, como bellamente lo ha explicado el gran Gonzalo de la Torre. Así quedó José Oscar definitivamente integrado a la vida religiosa como miembro de la Congregación de Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María, conocidos como Misioneros Claretianos. Al año siguiente de la profesión perpetua, recibió su ordenación sacerdotal en Medellín, el 8 de junio de 1997.

Además de sus títulos de pregrado en Filosofía Pura (Universidad Santo Tomás) y en Teología (Universidad Pontificia Bolivariana), mediante los cuales se formó específicamente para la vida religiosa y sacerdotal, y para la misión evangelizadora; ávido de conocimientos sobre su tierra y su gente, siempre estudioso de las realidades socioculturales de las comunidades, José Oscar estudió una Maestría en Antropología, en la Universidad de los Andes, como parte de la cual y como Tesis de Grado llevó a cabo una investigación titulada “Resistencia festiva. Fiesta de San Antonio de Padua en Tanguí (1996-2008) en el contexto del conflicto armado”. En este trabajo, publicado en un libro por la Editorial Uniclaretiana en 2019, con ojos de misionero, de chocoano, de afrocolombiano, de músico, de investigador, de fiestero y jugador de dominó, de educador y atrateño de pura cepa, José Oscar desglosa la estructura de la fiesta de Tanguí y nos muestra y explica -a dúo con las voces de la gente de este pueblo de sus afectos, que es además el símbolo organizativo por antonomasia de COCOMACIA- sus elementos funcionales, de orden simbólico y ritual, y “explora los nuevos sentidos que aporta la fiesta a partir de la manera como este pueblo lee, interpreta y resignifica sus símbolos culturales y religiosos en una apuesta colectiva de resistencia, no solo frente al conflicto armado, sino también frente a todos los actores que por una u otra causa lo expulsan del propio territorio”, como lo dejó dicho en la introducción del trabajo.

En un gesto propio de su sencillez en las relaciones con el pueblo, de su compromiso real con el crecimiento integral de las comunidades y de su respeto por el conocimiento tradicional compartido por la gente, José Oscar llegó hasta Tanguí en junio de 2019 para entregarle a la gente su libro como memoria del trabajo compartido. En medio de una inundación, con los pantalones remangados y descalzo, aunque revestido con la casulla y la estola ceremoniales, José Oscar celebró solemnemente y con la gente la misa de San Antonio de Padua, en un templo anegado -como todo el pueblo- por las aguas del Atrato, que periódicamente se meten hasta las propias casas, no solamente porque el emplazamiento se sitúe sobre el dique natural, sino también como un recordatorio lustral de los orígenes de esta cultura de río y selva que desde hace más de 200 años ha garantizado aquí la vida.

José Oscar amaba ser misionero. Estaba convencido de que esta condición de identidad, desde la perspectiva claretiana original de atención a lo urgente, de modo oportuno y por medios eficaces, era una especie de llave maestra para la redención de la humanidad de sus postraciones morales, sociales, económicas, políticas, educativas y culturales; es decir, de todo lo que le impidiera a hombres y mujeres, a niñas, niños y jóvenes, tener dignidad, humanidad, bienestar, plenitud y goce de sus derechos. Por eso, para José Oscar, ser Rector, un rector cuya oficina siempre tenía literalmente las puertas abiertas, era ser misionero. Ser amigo era ser misionero. Ser docente era ser misionero. Ser consejero y asesor estratégico de las organizaciones de los pueblos indígenas y de las comunidades negras del Chocó y del Pacífico era ser misionero. Del mismo modo que ayudar a la sociedad regional a pensar el desarrollo, a analizar sus problemáticas y a proyectar su futuro, también era ser misionero. Y por eso, ser misionero era también mantenerse actualizado en cuanto a conocimientos y análisis de las ciencias sociales y humanas, de la educación y de la teología, de la filosofía y la antropología, de la música tradicional chocoana y de la danza folclórica que asimismo con gracia y destreza ejecutaba…; con el mismo entusiasmo con el que azotaba sobre la mesa las fichas del dominó, como buen atrateño promedio, en las jornadas de juego de los sábados con los compañeros de COCOMACIA ahí en la Carrera Tercera o con la gente de Tanguí y de Buchadó en los días de sus vacaciones que -sagradamente, como si fuera parte de su misión- sacaba cada año para volver a sentarse en un porche, en un patio, en la orilla, en una champa o en la puerta de una casa a -simplemente- ver al tiempo pasar en la corriente del río y en las palabras y risas y chistes de los parientes, paisanos y contertulios con quienes cada año retroalimentaba sus orígenes y su identidad.

También ser amigo, un amigo generoso, solidario y siempre presente, inmejorable consejero y sin límites leal, era parte de su identidad personal, como nos consta a quienes para nuestra propia fortuna lo fuimos. Parte sustancial de un ser humano que en los cincuenta y cinco años de vida que vivió alcanzó a trazar caminos propios y a sembrarlos con huellas de bondad e inteligencia, de compromiso y fraternidad, de esperanza y de una visión panorámica contagiosa y optimista del futuro, una visión que le permitió siempre sobrepasar las adversidades y ver más allá de las barreras que se interponían entre el bien y el mal, para encontrar medios y caminos a través de los cuales fuera posible avanzar.

Los Claretianos, cuyo compromiso con el Chocó es admirable, pierden un buen misionero. Las comunidades pierden un aliado permanente y un consejero inmejorable. Uniclaretiana pierde un Rector cálido, cercano y eficaz. La chirimía chocoana pierde un músico, compositor y director. Los bailes de pellejo pierden un enamorado del pasillo chocoano. El chiste chocoano, que más que chiste es un cuento extenso y narrativo, elocuente y detallado, con una que otra pizca de humor que depende de las habilidades del narrador, pierde uno de sus mejores intérpretes. Los cantos fúnebres propios y tradicionales de las comunidades negras, como las salves y alabaos, pierden un admirador ferviente y un defensor preclaro. Los líderes indígenas pierden un impulsor constante de su formación profesional. San Antonio de Padua, el de Tanguí, el de los siete milagros al día, ni uno más ni uno menos, pierde uno de sus más entusiastas celebrantes y uno de sus más fieles devotos.

Gracias por tu vida, amigo y hermano José Oscar. Tu ejemplo nos servirá de guía a quienes transitamos por la historia y la memoria de estos ríos y estas selvas, de estas calles pantanosas y polvorientas, al lado de este pueblo y esta gente que -como tú- cada día y desde hace siglos, ha logrado el triunfo de la vida en medio de las adversidades y la muerte. Estarás siempre en nuestra memoria, en ese rincón del alma en donde se encuentran reunidas y departen todo el día, aún en nuestras horas de sueño, las mejores cosas de nuestras vidas, nuestras mejores vivencias, nuestros mejores recuerdos.

Autor de este escrito el señor Julio César Uribe Hermocillo en la pagina El Guarengue https://miguarengue.blogspot.com/2021/05/en-memoria-de-jose-oscar-cordobalizcano.html?m=1

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COCOMACIA DE LUTO

El consejo comunitario mayor de la asociación campesina integral del Atrato lamenta el fallecimiento de los lideres JOSE OSCAR CORDOBA LESCANO de la zona 7 comunidad de buchado quien se desempeño como sacerdote y actualmente era rector de la universidad uniclaretiana (2 de mayo), JOSE MERCEDES MOSQUERA exdirectivo de la zona 1 comunidad de tutunendo (3 de mayo) Y ANDRES ORLANDO CHALA exdirectivo de la zona 4 comunidad de curichi rio Buey (4 de mayo). estos lideres fueron fundadores de la organización

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Luz Adonis Mena

Altagracia – Río Munguidó

Altagracia es una comunidad negra ubicada en el río Munguidó, municipio de Quibdó. Allí nació y se crio Luz Adonis Mena Becerra. Reconoce que tiene dos madres, una biológica y otra de crianza. Su madre murió cuando tenía tres meses de nacida y fue su tía Eulogia Becerra quien asumió la crianza. Su padre, no sabe quién es, nunca lo conoció. Solo sabe que es de los lados de Apartadó pues fue de allá de donde regresó su madre embarazada.

Adonis recuerda su vida en el Munguidó como una vida feliz “Una vida maravillosa porque uno en el campo disfruta hasta lo mínimo que la gente tiene, en el campo vivíamos en una comunidad donde no había nada de guerra, sino que todo era pacíficamente en mi comunidad, donde jugaba ronda en las noches, me bañaba en mi río, chupaba mi caña, me trepaba los árboles a coger marañones, era una vida totalmente diferente que la que tenemos ahora”. Cursó sus estudios de primaria en la Escuela Rural Mixta de Altagracia, cuando terminó ese primer ciclo se dio cuenta que a pesar de ser una comunidad rural muy cercana a la capital del departamento, las oportunidades para seguir estudiando se agotaban en su territorio y solo quedaba la alternativa de irse a Quibdó a estudiar el bachillerato:
“Quería seguir estudiando y mi mamá me mandó a estudiar aquí a Quibdó. Me tocó muy duro sí, porque para estudiar tuve que trabajar en casas de familia, donde la gente se comprometía y le decía a uno que le iba a dar estudio y le daban de todo, pues todo lo que uno necesitaba, y cuando uno llegaba aquí a Quibdó ya la cosa era diferente. La gente se aprovechaba de uno, simplemente le daban el estudio y la comida, ya de comprarle ropa, no, nada, esa gente no respondía, es decir, lo explotaban a uno. Me tocaba trabajar, madrugar, despachar los hijos de la señora antes de irme para el colegio, tenía que dejarles el almuerzo hecho, cuando ellos llegaban tenían su almuerzo, y en las tardes que salía del colegio tenía que ponerme a lavar los platos que dejaban sucios, otra vez hacerles la cena, y antes de acostarme tenía que dejar la cocina limpia para el otro día madrugar otra vez a hacerles la comida“.


Después de terminar su bachillerato fue acercándose cada vez más a las acciones lideradas por la organización, comenzó a participar de las asambleas, encuentros zonales y finalmente selló su pertenencia y su interés cuando se vinculó a la “escuela de género” una escuela de dos años que marcó su formación como lideresa.

Adonis resume esta práctica, que aún sigue vigente, como una explotación disfrazada de colaboración. Una práctica que ha afectado principalmente a las mujeres rurales de su departamento “Toda mujer del campo que viene acá a Quibdó, que quiere salir adelante, tiene que someterse a ese trabajo tan duro, al trabajo doméstico para otros y sin remuneración”. Al proceso organizativo llegó gracias a la trayectoria que construyó al interior de su propia comunidad. En Altagracia se vinculó a trabajos colectivos especialmente en el tema de la infancia. Lideraba con sus compañeras celebraciones como el día de los niños, la navidad y también se articulaban para celebrar el día de las madres. Estas celebraciones y festividades fueron evidenciando sus capacidades para convocar y expresar sus ideas en público a través de poemas, versos y cantos. Fue así que se fue conociendo con los misioneros claretianos y con el proceso organizativo de la COCOMACIA.
Después de terminar su bachillerato fue acercándose cada vez más a las acciones lideradas por la organización, comenzó a participar de las asambleas, encuentros zonales y finalmente selló su pertenencia y su interés cuando se vinculó a la Escuela de Género, donde estudió dos años que marcaron su formación como lideresa y le abrieron las puertas para trabajar y conocer su territorio más allá de las fronteras del río Munguidó.

Adonis recuerda la experiencia de formación en la Escuela de Género como un “abrir los ojos”. Desde su trabajo comunitario sentía que tenía elementos en temas como la Ley 70, los derechos territoriales, la convivencia pacífica, temáticas que también abordó la Escuela. Sin embargo, cuenta que cuando le hablaron de “equidad de género” su respuesta espontánea fue “¿Eso qué es? ¿Eso cómo se come?”. Las enseñanzas de formadoras como Cristina Pino marcaron su historia. Desde ese momento entendió que era necesario valorarse como mujer, reconocer los espacios de los cuales habían sido sistemáticamente excluidas e identificar las brechas que la sociedad le ha puesto a las mujeres para estar y participar en los espacios donde se toman las decisiones. La Escuela invirtió los roles como un experimento social que permitió reconocer tanto a hombres como mujeres la importancia del trabajo del cuidado y la necesidad de compartir esas labores cotidianas que han sido asignadas tradicionalmente a las mujeres.

Adonis reconoce que ese proceso no solo le sirvió para ser una mejor lideresa y apoyar las luchas por los derechos de las mujeres. Fue una formación que la transformó a ella misma como mujer. Aplica los principios de la equidad en su casa, con su esposo y su familia. Le enseña a los hombres y mujeres cercanos que los “oficios de la casa tienen que ser compartidos”. Cuando todos trabajan, al llegar a casa es más fácil si las labores se distribuyen y no se recargan solo en la mujer. Hoy reconoce que su marido es un gran cocinero y es un hombre consciente de esa necesidad de compartir las tareas del hogar, ha sido un gran aliado de la Comisión de Género y las acompaña a las comunidades cuando se hacen talleres para sensibilizar también a los hombres en estos temas.

Sin embargo, lamenta que no todos los hombres están dispuestos a transformar sus roles y reconocer a las mujeres desde la igualdad. Al interior de la organización han existido representantes que han apoyado fuertemente la Comisión de Género, pero también hay otros que consideran que las mujeres son “Para parir y cuidar la casa”. Transformar esa perspectiva ha sido una dura tarea al interior de la misma organización, pero que también ha dado importantes frutos como lograr que la junta directiva tuviera una representación de mujeres con un mínimo del 30% del total de sus miembros. O el logro de tener una representante legal mujer. Adonis recuerda que la reflexión que las motivó a lanzar una mujer a la representación legal fue reconocer que “COCOMACIA tiene 33 años y nunca ha estado una mujer en la representación legal”. Lo lograron y los resultados fueron tan positivos que Rosmira Salas fue reelegida por un periodo más. Una mujer Aciática es aquella que pertenece a la COCOMACIA, la denominación viene de cuando el nombre era sencillamente ACIA. Como lo dice Adonis, las mujeres Aciáticas están comprometidas con la defensa del territorio, con la memoria de todo el proceso organizativo y en particular con el trabajo de empoderar a las mujeres.

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Ana Rosa Heredia Cuesta

San José de la Calle – Río Atrato

Ana Rosa Heredia Cuesta es una de las primeras mujeres que encuentran
los visitantes y campesinos que llegan a la sede de la COCOMACIA en la ciudad de Quibdó. Desde que nació la Comisión de Género de esta organización y autoridad étnico territorial, Ana Rosa supo que este era su lugar. Nació y fue criada en San José de la Calle, un corregimiento de Bojayá. Un lugar que recuerda como un pueblecito muy hermoso de
pescadores a orillas del río Atrato, donde pasó una infancia muy feliz.
Pese a sus trayectorias organizativas en Quibdó, sigue vinculada, material y emocionalmente con su pueblo de origen. Sus recuerdos de infancia son
el estudio, los juegos y el aprendizaje, gracias a los maestros y a los mayores de la comunidad. Cuando habla de su infancia, Ana Rosa se emociona mucho, en una mezcla de sentimientos y recuerdos que la asaltan y que revelan de repente gestos de nostalgia.

Ana Rosa es hija del rapto de mujeres. Su madre fue raptada en el puerto de La Confianza en Quibdó y sus captores la llevaron Atrato abajo hasta San José de la Calle para luego casarla con un muchacho. De esa unión nació Ana Rosa y diecinueve hermanos más, de los cuales sobrevivieron catorce: siete mujeres y siete hombres. Más tarde, ella también fue raptada muy joven por un hombre brujo que la llevó Atrato abajo hasta Turbo (Antioquia). En su infancia y en su juventud, las mujeres circulaban como bienes de rapto e intercambio por el río Atrato. “Él no me pidió, él me robó”, dice Ana Rosa.
Desde los tiempos de la escuela, Ana Rosa Heredia Cuesta se ha interesado por la situación de las mujeres y ha intentado denunciar y revertir la desigualdad de género. Al tocar este tema recuerda un poema que recitaba y representaba en la escuela llamado La desgracia en el hogar. Ana Rosa interpretaba a una maestra pobre, maltratada física y económicamente por su esposo borracho. Ante ese mismo esposo borracho, ella se quejaba poéticamente de su desgracia como mujer, del abandono, de la violencia y el alcohol. Y en medio de su borrachera él le respondía: “¿Qué te pasa mujer? ¿Por qué estás tan solevada?”. Recordando este poema, siente que su interés por reivindicar el lugar de la mujer en su sociedad la ha acompañado desde muy temprano. En la actualidad, su trabajo desde la Comisión de Género de la COCOMACIA consiste en fortalecer la participación de la mujer en la organización, combatir la violencia contra las mujeres y construir territorios y comunidades afro con equidad de género.

Ana Rosa recuerda que se hizo joven mientras trabajaba en Turbo como empacadora en compañías bananeras, luego de que una buena mujer la rescatara de su captor. Allí construyó parte de su vida, su cuerpo, su autonomía y su belleza como mujer afro, imponente y “bonitica”. “Cuando yo llegué acá, venía toda bonitica de Turbo”. “Venía bien vestida y cambiada”. Más tarde, cuando regresó a su comunidad, trabajó en una compañía maderera del Medio Atrato, donde cocinaba para los aserradores que tumbaban madera en el monte y exploraban los territorios que de este modo se sumaban a los procesos extractivistas, que supuestamente construyen nación y “civilizan” tierras. Rosa cuenta que la ACIA nació precisamente para oponerse a esa compañía y que logró expulsarla del Medio Atrato. Ana Rosa se formó con las misioneras Agustinas y desde allí forjó su camino como líder comunitaria. “Al entrar en la escuela de salud, conocí lo que era la ACIA”. Allí se acercó al trabajo que realizaban y supo lo que era representar a las comunidades campesinas negras de esta región en los años ochenta y noventa. Y aunque ya participaban mujeres, no aparecían perspectivas del trabajo con ellas. “La ACIA nació con hombres y mujeres, pero trabajaban los hombres, las mujeres no”. En 2002 empezó a trabajar en Quibdó con un grupo que abordaba temas referentes a las mujeres en la COCOMACIA. Allí conoció a valiosas integrantes dentro de la organización afro del Atrato: Justa Germania, de Beté, y también a María del Socorro.
Ana Rosa habla también de Victoria Torres, la primera en reunir a las mujeres de la región en torno al trabajo de la organización étnica. Menciona a Encarnación Machado, quien hizo unos cantos relacionados con el proceso organizativo durante el inicio de la COCOMACIA.

“La idea de equidad de género nos lleva a la participación de las mujeres en espacios tradicionalmente masculinos como lo político, lo organizativo y lo económico. Pero ¿Qué pasa en cambio con la participación de los hombres en espacios tradicionalmente femeninos como el cuidado del hogar o el los niños y las niñas? ”

Ana Rosa cuenta que al principio el trabajo en Quibdó y en las demás comunidades fue muy difícil y demandante. “Yo era débil del cerebro y Justa Germania me dijo: toma, tienes que leerte todo esto. Íbamos a las comunidades y se reían de nosotras… Los curas tenían que pedir respeto”. Más tarde empezaron a trabajar con DIAKONIA en proyectos relacionados con las necesidades productivas de las mujeres: en tiendas comunitarias, pollos, cerdos, trilladoras y trapiches. “Yo siendo mujer y no sabía por ejemplo qué era género”, confiesa. Empezaron entonces a trabajar organizada y sistemáticamente en torno a los derechos de las mujeres y a su ejercicio. La idea de equidad de género nos lleva a la participación de las mujeres en espacios tradicionalmente masculinos como lo político, lo organizativo y lo económico. Pero ¿Qué pasa en cambio con la participación de los hombres en espacios tradicionalmente femeninos como el cuidado del hogar o el los niños y las niñas? Tal vez esto sea aún más difícil. Por eso Ana Rosa cuenta que hacían una escuela de equidad de género, donde ponían a los hombres a cocinar mientras que las mujeres astillaban la leña. Ana Rosa siente nostalgia. Dice que el trabajo ahora no es igual al de antes. Hay grandes problemas de financiación, no hay salarios para ellas, ni dinero para transportarse por las comunidades y trabajar con las mujeres del Medio Atrato. Afortunadamente, aún mantiene fuertes vínculos con su pueblo y el trabajo al interior de la organización y su grupo de mujeres la sigue animando día a día. Asiste a los entierros para encontrarse con sus parientes y amigos, sin falta cada año en marzo viaja a su pueblo a las fiestas de San José.

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Comisión de Género en la COCOMACIA

Las mujeres en la gestión del territorio en el Medio Atrato

A la memoria de las pioneras Atrateñas

La primera vez que la señora Encarnación Machado oyó sobre la posibilidad de una organización fue en 1985. “La propuesta era defender los recursos naturales y reconocer la raza de uno, que nunca ha tenido reconocimiento”. A esa primera reunión en Buchadó, su pueblo, muchos no asistieron creyendo que se trataba de una reunión de la Iglesia, pues había muchos misioneros, entre ellos los Verbitas y el padre Gonzalo de la Torre. Luego todos entendieron que la propuesta era articularse, trabajar en colectivo y defender lo que habían construido juntos por siglos en ese territorio. Encarnación fue una de las primeras mujeres en la junta directiva, cuando la Asociación Campesina Integral del Atrato (ACIA) aún no se había transformado en Consejo Comunitario (COCOMACIA). Después fue Fanny Rosmira Salas, la primera mujer en ejercer como representante legal de la organización, entre 2012 y 2016, quien retomó ese legado de las mujeres y continuó con la tarea de “hacerle entender al gobierno que en esta selva había humanidad”. A partir de allí se han seguido enfrentando los nuevos retos, siempre desde la búsqueda del reconocimiento del pueblo negro, la defensa de los recursos naturales, la vida, el territorio, los derechos humanos y desde las nuevas luchas en contra de la guerra y el extractivismo, entre otras. La organización nació a mediados de los ochenta con el objetivo de defender los recursos naturales, debido a la invasión por parte de las empresas madereras, como Maderas Pizano y Maderas del Darién. Los objetivos luego se enfatizaron en la lucha por la defensa del territorio. Actualmente se lucha también por la vida desde todos los sentidos singulares concebidos en la región. Nevaldo Perea, en su libro Soy Atrato, recuerda que la última parte de la década de los ochenta fue de una intensa movilización y de mucho análisis de las realidades por parte de las comunidades negras. Una conclusión potente indica que la “libertad” alcanzada tras la abolición de la esclavitud no le dejó otro camino a los “ancestros” que seguir trabajando “la minería y la agricultura” en esas mismas tierras. Existían, sin embargo, leyes como la 2 de 1959 que declaraban baldíos nacionales los territorios del Pacífico, legitimando así el desconocimiento de las comunidades negras como habitantes y parte integral de la región. Este tipo de análisis promovió la idea de que el problema no era solo de defender los recursos naturales, sino la existencia misma de las comunidades negras y, en especial, el reconocimiento de sus territorios. Más tarde, en los años noventa, lo campesino y lo espiritual establecieron fuertes diálogos con lo étnico y lo ambiental. La irrupción y el fortalecimiento de lo étnico y de la diferencia cultural en la organización colectiva del Medio Atrato coincidió con el recrudecimiento de la violencia política en esta región, con las operaciones militares, con los enfrentamientos entre Ejército, paramilitares y guerrilleros por el control territorial en el río Atrato, con los desplazamientos masivos de las comunidades negras y campesinas y, especialmente, con los asesinatos de líderes religiosos y comunitarios, que habían sido muy importantes en el trabajo de la COCOMACIA.

La ACIA representa un ícono en la lucha de las comunidades negras en Colombia. Su trabajo en la movilización fue fundamental para que el Artículo Transitorio 55 fuera incluido en la Asamblea Constituyente del 91. De allí nació la Ley 70 de 1993, que reconoció el derecho de las comunidades negras a la autonomía y a la propiedad colectiva de la tierra. Este proceso tiene una larga historia, pero uno de los momentos más destacados fue en 1996, cuando se consiguió la titulación de casi ochocientas mil hectáreas como territorio colectivo de 124 comunidades negras de la región del Medio Atrato.
La historia de la COCOMACIA está conectada con la de otros colectivos como las Comunidades Eclesiales de Base (CEBS), las Seglares Claretianas y, en general, con la labor de todos los equipos misioneros y las organizaciones campesinas que para la época hacían parte del Medio Atrato. Sin embargo, siempre que se pregunta por el lugar que ocupan las mujeres en los procesos organizativos, todas coinciden en que ha sido una labor poco reconocida y valorada, tanto a nivel de la región como del país. Frente a ese desconocimiento es que nace la Comisión que busca hacer visible el tema de género al interior de la propia organización y dar protagonismo a los aportes que las mujeres han realizado en más de 30 años de lucha en la región.

“La Comisión de Género nace en el año 2000 como un grupo de trabajo interno de la COCOMACIA centrado en visibilizar la situación de derechos sociales, económicos, políticos y territoriales de las mujeres campesinas que habitan la región del río Atrato y sus afluentes”. La Comisión se reconoce
por su lucha en cuanto a la equidad de género, es decir, por garantizar las condiciones y las oportunidades de participación, incidencia y toma de decisiones por igual entre hombres y mujeres.
Las mujeres que hoy conforman la Comisión de Género recuerdan a lideresas como Victoria Torres,Zulama Cornelia Chaverra, Teresa Moya, Encarnación Machado, Justa Germania Mena Córdoba y otras como pioneras en la lucha por el reconocimiento del rol de las mujeres en los procesos organizativos campesinos y étnicos. Muchas de estas mujeres animaron trabajos colectivos, en alianza con otros grupos como las Seglares Claretianas, para movilizarse en sus comunidades alrededor de temas como la salud, la panadería, las tiendas comunitarias y los grupos juveniles. Estos procesos de participación motivaron la creación del área de género dentro de la organización con el objetivo de “fortalecer las capacidades de las mujeres para la participación social, económica y política dentro del proceso organizativo”.

Son varios los hitos que han marcado la historia del trabajo que han realizado estas lideresas en el Atrato. La primera asamblea de mujeres llevada a cabo en el año 2001 en la comunidad de Tutunendo convocó a más de 200 mujeres. En esta asamblea histórica se conforma oficialmente la Comisión de Género con dos representantes de cada una de las 9 zonas del territorio de la COCOMACIA. Otro hito clave tiene que ver con la Ley 1257, la cual dictó normas de sensibilización, prevención y sanción de formas de violencia y discriminación contra las mujeres. A partir de esta Justa Germania Mena Córdoba, del Río Beté, emprendió un arduo trabajo en diversos ríos y zonas del territorio colectivo para socializar y sensibilizar a las comunidades respecto al tema de violencia y discriminación. Este momento fue una oportunidad de incorporación de una perspectiva de género en el trabajo organizativo y de gestión de este territorio étnico. Así mismo recuerdan especialmente el 2016 cuando el Ministerio de Cultura reconoció a la comisión de género por su aporte y contribución en la salvaguarda de los sistemas culinarios y la biodiversidad en el Pacífico colombiano.
Actualmente la Comisión está integrada por 7 mujeres Carmen Aides Navia, Jenny Palacio Romaña, Rubiela Cuesta Córdoba, Ana Rosa Eredia Cuesta, Julia Susana Mena Moreno, María del Socorro Mosquera Pérez y Luz Adonis Mena Becerra. “Hoy en día la Comisión de Género es un espacio de formación, facilitación, asesoramiento, orientación a mujeres campesinas desde las mismas mujeres. Se ha convertido en un tejido de amigas, consejeras, constructoras de paz y defensoras de los derechos de las mujeres de los 124 consejos comunitarios” Con más de 17 años de trayectoria son muchas las historias y mujeres que han protagonizado la lucha. Sin desconocer ese trabajo colectivo, en este texto nos acercaremos a las historias de varias mujeres que han hecho parte de la Comisión o de la organización para hacer visibles sus trayectorias y experiencias.

En los próximos artículos Conoceremos un poco de la historia de Oliva Mena Romaña de la comunidad de Piedra Candela en el río Bojayá, Ana Rosa Heredia Cuesta de la comunidad de San José de la Calle, Lucely Rivas Espinosa de Buchadó, Luz Adonis Mena de Altagracia en el río Munguidó y Rubiela Cuesta de la comunidad de Pacurita. Ellas han trabajado desde diversos lugares por la participación y el reconocimiento de la mujer atrateña, estableciendo y desarrollando enfoques de género que incluyen a las mujeres negras y campesinas en los niveles centrales y comunitarios de la organización. Ellas hacen parte de la COCOMACIA, de las memorias y del presente de este importante Consejo Comunitario del Atrato que representa
a la gente negra.

Descargar la cartilla en el siguiente enlace http://hdl.handle.net/10495/13480

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Soy Porque Somos episodio 0

SolidariLabs es el nombre que reciben los laboratorios de solidaridad liderados por la organización Skylight. En febrero de 2020 se realizó su cuarta versión (Solidarilabs AfroColombia) en Nuquí, Chocó en el Pacífico colombiano, en alianza con Cimarrón Producciones.

En este episodio 0 (cero), el micrófono lo tomamos las anfitrionas de este proyecto de podcast LUCELY RIVAS ESPINOZA, LAURA VALENCIA BONILLA Y ESTEFANYA VILLA DIAS ; queremos compartirles cómo fue nuestra experiencia en Solidarilabs AfroColombia y cómo nace este proyecto colaborativo.

Bienvenides a Soy Porque Somos
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➡️ Spreaker: https://www.spreaker.com/show/soy-porque-somos
➡️ Spotify: https://open.spotify.com/show/1dvnMEh6l09gPs8v6jN1FV
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