San José de la Calle – Río Atrato

Ana Rosa Heredia Cuesta es una de las primeras mujeres que encuentran
los visitantes y campesinos que llegan a la sede de la COCOMACIA en la ciudad de Quibdó. Desde que nació la Comisión de Género de esta organización y autoridad étnico territorial, Ana Rosa supo que este era su lugar. Nació y fue criada en San José de la Calle, un corregimiento de Bojayá. Un lugar que recuerda como un pueblecito muy hermoso de
pescadores a orillas del río Atrato, donde pasó una infancia muy feliz.
Pese a sus trayectorias organizativas en Quibdó, sigue vinculada, material y emocionalmente con su pueblo de origen. Sus recuerdos de infancia son
el estudio, los juegos y el aprendizaje, gracias a los maestros y a los mayores de la comunidad. Cuando habla de su infancia, Ana Rosa se emociona mucho, en una mezcla de sentimientos y recuerdos que la asaltan y que revelan de repente gestos de nostalgia.

Ana Rosa es hija del rapto de mujeres. Su madre fue raptada en el puerto de La Confianza en Quibdó y sus captores la llevaron Atrato abajo hasta San José de la Calle para luego casarla con un muchacho. De esa unión nació Ana Rosa y diecinueve hermanos más, de los cuales sobrevivieron catorce: siete mujeres y siete hombres. Más tarde, ella también fue raptada muy joven por un hombre brujo que la llevó Atrato abajo hasta Turbo (Antioquia). En su infancia y en su juventud, las mujeres circulaban como bienes de rapto e intercambio por el río Atrato. “Él no me pidió, él me robó”, dice Ana Rosa.
Desde los tiempos de la escuela, Ana Rosa Heredia Cuesta se ha interesado por la situación de las mujeres y ha intentado denunciar y revertir la desigualdad de género. Al tocar este tema recuerda un poema que recitaba y representaba en la escuela llamado La desgracia en el hogar. Ana Rosa interpretaba a una maestra pobre, maltratada física y económicamente por su esposo borracho. Ante ese mismo esposo borracho, ella se quejaba poéticamente de su desgracia como mujer, del abandono, de la violencia y el alcohol. Y en medio de su borrachera él le respondía: “¿Qué te pasa mujer? ¿Por qué estás tan solevada?”. Recordando este poema, siente que su interés por reivindicar el lugar de la mujer en su sociedad la ha acompañado desde muy temprano. En la actualidad, su trabajo desde la Comisión de Género de la COCOMACIA consiste en fortalecer la participación de la mujer en la organización, combatir la violencia contra las mujeres y construir territorios y comunidades afro con equidad de género.

Ana Rosa recuerda que se hizo joven mientras trabajaba en Turbo como empacadora en compañías bananeras, luego de que una buena mujer la rescatara de su captor. Allí construyó parte de su vida, su cuerpo, su autonomía y su belleza como mujer afro, imponente y “bonitica”. “Cuando yo llegué acá, venía toda bonitica de Turbo”. “Venía bien vestida y cambiada”. Más tarde, cuando regresó a su comunidad, trabajó en una compañía maderera del Medio Atrato, donde cocinaba para los aserradores que tumbaban madera en el monte y exploraban los territorios que de este modo se sumaban a los procesos extractivistas, que supuestamente construyen nación y “civilizan” tierras. Rosa cuenta que la ACIA nació precisamente para oponerse a esa compañía y que logró expulsarla del Medio Atrato. Ana Rosa se formó con las misioneras Agustinas y desde allí forjó su camino como líder comunitaria. “Al entrar en la escuela de salud, conocí lo que era la ACIA”. Allí se acercó al trabajo que realizaban y supo lo que era representar a las comunidades campesinas negras de esta región en los años ochenta y noventa. Y aunque ya participaban mujeres, no aparecían perspectivas del trabajo con ellas. “La ACIA nació con hombres y mujeres, pero trabajaban los hombres, las mujeres no”. En 2002 empezó a trabajar en Quibdó con un grupo que abordaba temas referentes a las mujeres en la COCOMACIA. Allí conoció a valiosas integrantes dentro de la organización afro del Atrato: Justa Germania, de Beté, y también a María del Socorro.
Ana Rosa habla también de Victoria Torres, la primera en reunir a las mujeres de la región en torno al trabajo de la organización étnica. Menciona a Encarnación Machado, quien hizo unos cantos relacionados con el proceso organizativo durante el inicio de la COCOMACIA.

“La idea de equidad de género nos lleva a la participación de las mujeres en espacios tradicionalmente masculinos como lo político, lo organizativo y lo económico. Pero ¿Qué pasa en cambio con la participación de los hombres en espacios tradicionalmente femeninos como el cuidado del hogar o el los niños y las niñas? ”

Ana Rosa cuenta que al principio el trabajo en Quibdó y en las demás comunidades fue muy difícil y demandante. “Yo era débil del cerebro y Justa Germania me dijo: toma, tienes que leerte todo esto. Íbamos a las comunidades y se reían de nosotras… Los curas tenían que pedir respeto”. Más tarde empezaron a trabajar con DIAKONIA en proyectos relacionados con las necesidades productivas de las mujeres: en tiendas comunitarias, pollos, cerdos, trilladoras y trapiches. “Yo siendo mujer y no sabía por ejemplo qué era género”, confiesa. Empezaron entonces a trabajar organizada y sistemáticamente en torno a los derechos de las mujeres y a su ejercicio. La idea de equidad de género nos lleva a la participación de las mujeres en espacios tradicionalmente masculinos como lo político, lo organizativo y lo económico. Pero ¿Qué pasa en cambio con la participación de los hombres en espacios tradicionalmente femeninos como el cuidado del hogar o el los niños y las niñas? Tal vez esto sea aún más difícil. Por eso Ana Rosa cuenta que hacían una escuela de equidad de género, donde ponían a los hombres a cocinar mientras que las mujeres astillaban la leña. Ana Rosa siente nostalgia. Dice que el trabajo ahora no es igual al de antes. Hay grandes problemas de financiación, no hay salarios para ellas, ni dinero para transportarse por las comunidades y trabajar con las mujeres del Medio Atrato. Afortunadamente, aún mantiene fuertes vínculos con su pueblo y el trabajo al interior de la organización y su grupo de mujeres la sigue animando día a día. Asiste a los entierros para encontrarse con sus parientes y amigos, sin falta cada año en marzo viaja a su pueblo a las fiestas de San José.